May 26, 2026
May 26, 2026

El debate sobre cómo legislar la IA en Chile dejó de ser una proyección futurista para convertirse en una urgencia del presente. Según datos del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, el 69% de los chilenos ya utiliza estas herramientas de forma cotidiana. Ante este escenario, la discusión que se inicia en la Comisión de Desafíos del Futuro, Ciencia, Tecnología e Innovación del Senado tiene la oportunidad histórica de adelantarse y esquivar una falsa dicotomía importada del hemisferio norte: elegir entre la autorregulación de Silicon Valley o replicar el pesado modelo de la Unión Europea. Existe, afortunadamente, una tercera vía.
La encíclica papal Magnifica Humanitas, publicada recientemente, nos recuerda que la tecnología no es neutra; "asume el rostro de quien los concibe, los financia, los regula y los utiliza". El Papa León XIV advierte sobre el peligro de un paradigma tecnocrático desbocado que olvide la dignidad humana. Por ende, la inacción no es una opción; regular es sano, ético e inevitable. Pero proteger los derechos de los ciudadanos no tiene por qué significar asfixiar el motor de la innovación.
El proceso regulatorio actual debe tomar nota de los recientes tropiezos legislativos para entender el riesgo de normar sin consensos técnicos. El contundente rechazo en la Cámara de Diputadas y Diputados al polémico artículo sobre IA (incluido en Plan de Reconstrucción Nacional) es un síntoma claro. Aquella propuesta falló justamente por dejar una zona de desregulación absoluta: buscaba liberar sin pago ni autorización el uso de obras para el entrenamiento de algoritmos, encendiendo alarmas transversales en creadores y medios debido a su falta de resguardos básicos.
El peligro inminente es que, como reacción a este tropiezo, el Congreso caiga en el vicio opuesto: la hiperregulación. Como ha expuesto el Centro de Estudios en Derecho, Tecnología y Sociedad de la Universidad de Chile, un marco rígido, centralizado y puramente prohibitivo paraliza la experimentación. Si a esto sumamos la permisología nacional, corremos el riesgo de transitar desde la desprotección hacia un ecosistema asfixiante e impracticable para el desarrollo tecnológico.
Gremios como FinteChile ya advierten que un exceso de cargas normativas duplicadas castigará a un sector que hoy lidera la región en penetración per cápita y que utiliza la IA como una herramienta indispensable de inclusión financiera. Frente a la densidad burocrática de Europa, Chile debe mirar con pragmatismo el espejo de Japón y Corea del Sur. Sus leyes configuran procesos lineales, estandarizados y con alta certeza jurídica que reducen las incertidumbres regulatorias. El enfoque asiático prioriza marcos basados en principios generales que guían a fiscalizadores sectoriales existentes (como la CMF o el SERNAC).
Legislar a la vanguardia exige, precisamente, resolver ese equilibrio técnico que falló en la Cámara Baja: la ley debe encontrar un diseño que resguarde con firmeza los legítimos derechos de autor, pero permitiendo de forma explícita y regulada el entrenamiento de modelos de IA con datos de origen nacional, evitando importar sesgos culturales y económicos del extranjero. Hacia el año 2030, el Ministerio de Ciencia estima que si Chile capturara tan solo el 1% de la inversión global en infraestructura de IA, ingresarían US$10.000 millones anuales al país, equiparando el peso de toda nuestra carpeta de inversión minera de la próxima década. Perder esa oportunidad por ceguera burocrática sería trágico.
Chile no necesita ser la frontera más restrictiva del mapa regulatorio global; necesita ser el ecosistema más competitivo y estratégico. Mirar este escenario con optimismo técnico implica entender que el éxito de la regulación dependerá de escuchar a todos los actores del ecosistema. En Gofirmex nos sumamos a esa visión, quedando a total disposición para integrarnos de manera constructiva en los espacios de diálogo que la autoridad determine. Levantar una normativa robusta y pro-innovación es una tarea colectiva que requiere sumar conocimiento desde todas las áreas para que la regulación nacional sea un puente robusto hacia el desarrollo.